Facundo Cabral – La muerte…es una mudanza

Hablar sobre Facundo Cabral y no caer en la pura noticia periodística de datos y asesinato, no es tarea fácil.

Conocí a Facundo cuando aún no se llamaba así, sino que su nombre artístico era “El Indio Gasparino”, por eso he preferido poner una foto más acorde a esa época. Siempre se caracterizó por su buen humor y me dejó de regalo una canción que decía “tenga cuidado señora, la mufa engorda, la mufa engorda”. Aún hoy, cuando mi esposa se chincha, tomo la guitarra y le canto esa canción. Y santo remedio.

Muchas veces lo he escuchado con sus canciones y su humor en los shows, (en una época compartimos barrio), y una cosa que siempre me impactó era su capacidad de atrapar al espectador en una mezcla de diálogo interno entre las propias experiencias que él había vivido y el que estaba escuchándolo. Creador de un género único, el solo con su guitarra, una banqueta y un micrófono, cosa rarísima hoy día, creando un mágico ambiente donde la realidad se confundía con la fantasía, creando canciones o improvisando a partir de reflexiones que lo tenían como protagonista.

Y es que su vida está plagada de sufrimiento, desde su niñez marcada por la exclusión, pasando por la cárcel a los 14 años, hasta la vida adulta, como lo fué la perdida de su esposa de 23 años y su hija  de un año en un accidente de aviación el mismo día 12 de junio de 1978, cuando empezaba el Mundial de Futbol en Argentina; conocer a su padre recién a los 42 años y luego su cancer de páncreas. Y es precisamente este sufrimiento metido hasta sus huesos, el que lo llevó a superarse uno y otro día y marcar lo que sería su rasgo mas distintivo. Construírse a si mismo, como hombre y como artista.

De su adolescencia recuerda al sacerdote jesuíta que estando en la cárcel lo sacó del analfabetismo y lo llevó al mundo de las letras. Más adelante Don Atahualpa Yupanqui fue su “Tata” que nunca tuvo y de quien aprendió por imitación el arte de la música y la guitarra..

Cosechó a lo largo de su vida multiples amistades con personalidades del arte, de las letras y la música, recorriendo cerca de 170 países con sus recitales, y profundizando en su camino espiritual, no ligado a ninguna religión, pero con Jesús como guía, y donde se nombraba asimismo anarquista y librepensador pero sin militar en ningún partido.

Transcribo una anécdota sacada del libro “Los Imposibles” donde relata experiencias de su vida, y muestra su calidad de persona, a propósito de que muchos lo seguían como a un gurú.

.¿Te puedo contar una historia que sucedió acá, en Venezuela?, te digo porque esto es clave para lo que estaba diciendo recién de que hay gente que cree que uno es un gurú…

Estaba en el Aula Magna de la Ciudad Universitaria, en Caracas, llena de un público donde todos eran jóvenes, menos una viejecita, además, muy humilde. Todo el mundo la veía extrañado porque era como si la Madre Teresa estuviera en un concierto de los Rolling Stones. Era muy raro. Antes de que terminara de cantar, ella se subió al escenario, y yo tuve que parar porque ella subió a saludarme y no había terminado “No soy de aquí ni soy de allá”, la última canción del concierto. Ella subió y me dijo: “Señor Cabral, perdone que le interrumpa pero le quiero dar un beso y un abrazo”. Los muchachos estaban todos encantados con esa viejecita que cortaba la canción y subía a darme un abrazo ya mismo. Y entonces ella me dijo: “¿Sabe?, estoy tan feliz porque usted me contó un cuento hoy. Es más, mire, ¿sabe que era lo que más me gustaba a mí cuando yo era niña?” No. “Que mis padres me contaran un cuento”. Ya se iba y se devolvió para decir: “Un día fueron a la Isla de Margarita y la barca naufragó y murieron los dos. Me quedé sin mi cuento, claro. Me llevaron a un asilo de monjas y yo todas las oches esperaba mi cuento, pero pobrecitas, estaban tan ocupadas, tantos niños. Pasó el tiempo y yo esperaba; siempre seguí esperando mi cuento. Yo necesitaba mi cuento y no aparecía. Me casaron con un señor que traía cosas al asilo que no sólo no me contaba cuentos, ni siquiera me hablaba; yo lo único que sabía era que cada vez que llegaba borracho íbamos a tener un hijo más”. La viejecita hace como que se va, pero se devuelve: “…Y yo esperando mi cuento, y me quedo sola con mis niños porque él se fue también, y los voy criando, siete hijos, me dice, como Sara, como usted contó de su madre, y ya ve que la vida se los lleva, la vida te los presta un rato, pasan por uno y se los llevó la vida. Yo sola esperando mi cuento y llego a esta edad y viene usted y me cuenta un cuento,¿cómo no lo voy a querer?”…Y me vuelve a abrazar. Los muchachos del Aula Magna, ya enloquecidos, la aplaudían, fue maravilloso. Después me dice: “Esta noche aprendí para qué sirve un cuento: cuando era niña servía para que me durmiera en paz, y ahora usted me cuenta un cuento para que yo me muera en paz porque tengo un cáncer terminal. ¡Que Dios lo bendiga!”…En ese momento supe para qué subo al escenario. Alguien se muere en paz porque uno le contó un cuento.

Tremendo.

Entonces, eso tal vez conteste a tu pregunta. Tremenda cosa. Ella no sabía que los dos estábamos en la misma situación.

Una vez le prguntó a la Madre Teresa con la cual trabajó un tiempo en Calcuta, ayudando a recuperar a los niños abandonados en los basurales:

Madre, usted es la única persona que yo he conocido en el mundo en la que no hay ni rastros del ego. ¿Qué hizo usted con el ego?” Y me dijo: “Bueno, lo puse a hacer lo único quepuede hacer el ego, me lava los pies cada noche antes de acostarme”. Esa era la Madre Teresa.

Preguntado sobre donde le gustaría envejecer contestó.

Londres. No Londres exactamente. Oxford, el pueblecito, el lugar en el que entré la primera vez y supe y pensé:Acá me gustaría despedirme de la vida”, porque vi una gran biblioteca y pocos cuartos y sólo aceptan gente sola y no hay música funcional ni aire acondicionado. Y dije:Acá me sentaría a leer a Thomas Mann, a Italo Calvino, a Marguerite Yourcenar; releería algunas cosas de Borges, principalmente la poesía, y moriría en paz con todos esos libros alrededor, en un sillón inglés”.

La sinrazón no se lo permitió.

Podría estar mucho tiempo escribiendo sobre la obra y vida de Facundo Cabral, ya que es muy fecunda y prolífica, pero  yo quiero recordarlo con unos de los temas de principios de su carrera, porque nunca cambió y se mantuvo auténtico a si mismo.

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